Sobre los saludadores del País Vasco

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Perro rabioso. Dioscórides, Madrid, 1566. Euskal Biblioteka. Labayru Fundazioa.

En la sociedad moderna en que vivimos ya no tiene cabida el saludador. El propio significado de este vocablo también es extraño para los hispanohablantes. El diccionario de la RAE, en su segunda acepción, lo define como: “Embaucador que se dedica a curar o precaver la rabia u otros males, con el aliento, la saliva y ciertas deprecaciones y fórmulas”. De esta definición llama la atención el primer término: ‘embaucador’. Como es sabido la rabia se produce por la mordedura de un perro rabioso. Era creencia extendida que los perros que comían poco contraían la rabia. En épocas pasadas muchas personas estaban expuestas a la mordedura de los perros rabiosos.

El saludador (en euskera salutadore, v. saludadore) era una persona que poseía el don de curar la rabia. Azkue lo define de esta manera: “Se llama así al séptimo hijo varón de una familia, porque se le atribuye la virtud de curar. La superstición popular exige que no haya habido ninguna hembra entre los siete y se imagina una cruz en la lengua del privilegiado”. En algunos pueblos suponen lo mismo tratándose de la menor de siete hermanas sin hermano. A pesar de que hayan existido saludadores en muchas regiones del País Vasco contamos con pocos testimonios de sanación en euskera.

Uno de los más importantes es el que cuenta Mikela Elizegi, hija del bertsolari Pello Errota (1840-1919), en el libro Pello Errotaren bizitza bere alabak kontatua (Auspoa nº 32, 1963, pp. 42-43) y se refiere a unos hechos ocurridos en 1876. Ofrecemos la versión castellana de la narración de Mikela, nacida hacia 1868: el saludador puso a hervir aceite y, cuando estaba en plena ebullición, lo echó a su boca y lamió al niño rabioso las heridas y rozaduras. Según Mikela, que fue testigo del suceso, a pesar de que el saludador sanara la rabia del niño, auguró que moriría pronto.

Otro testimonio importante es el recogido por José Ramón Erauskin en el libro Aien garaia (Auspoa berdea, 1975, p. 317), que también lo damos traducido. En esta narración la cura del joven rabioso es más rica en detalles. El saludador manda que la persona rabiosa se coloque boca abajo, dado que la mordedura había tenido lugar en la parte posterior de la pierna. El saludador le remangó al joven el pantalón hasta la rodilla: tenía la herida infectada con una costra de sangre coagulada. Mandó que trajeran un barreño y una sartén con aceite hirviendo. El saludador empezó a chupar la herida y vertía al barreño el veneno y la porquería que extraía. Así procedió durante mucho tiempo hasta dejar la herida limpia. Entonces ordenó que trajeran una cuchara y la sartén con el aceite hirviendo, tomó dos cucharadas como si fuera agua fría, lo retuvo un momento en la boca, y lo lanzó con fuerza a la herida que había limpiado. Luego limpió la herida con un trapo blanco y envió al joven a casa. Y la mordedura del perro rabioso se le curó al momento.

De las dos narraciones descritas, en la primera Mikela Elizegi fue testigo de la cura, mientras que en la segunda, Erauskin relata lo que le contaron. La primera ocurrió hacia 1876, época distante de la actual. La sanación que cuenta Erauskin, sobrino del bertsolari Txirrita, es posible que sea también del siglo XIX.

Jabier Kalzakorta – Académico de número de la Academia de la Lengua Vasca – Profesor de la Universidad de Deusto

Para más información puede consultarse el tomo dedicado a Medicina Popular del Atlas Etnográfico de Vasconia.

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