El fuego del hogar

En la casa tradicional los componentes de su estructura: tejado, paredes, puertas y ventanas, servían para proteger el fuego del hogar, que era el elemento principal de la casa sin el cual no podía entenderse la vivienda, refugio de la familia. De todas las inclemencias atmosféricas que acosaban al fuego doméstico y que la casa protegía, la más temida siempre fue el viento fuerte, capaz de propagar esas llamas y sus chispas a la estructura protectora y que acabasen devorándola por ser mayoritariamente de madera.

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El fuego: cocina baja, chapa y butano en un caserío de Muxika (Bizkaia). Segundo Oar-Arteta.

Hasta tal punto ha sido importante el hogar que es sinónimo de casa habitada. De hecho históricamente el fuego se ha tomado como unidad familiar a la hora de realizar censos (censo de fogueraciones).

El fuego sirvió para cocinar y calentar los alimentos de la familia y de los animales domésticos, y a su alrededor se realizaban las comidas diarias. Se utilizaba para calentar el agua con la que lavar la ropa o asearse; junto a él se llevaban a cabo algunos trabajos como coser, tejer y desgranar productos de la huerta. Constituía también un espacio de aprendizaje para los jóvenes y de enseñanza para los mayores, donde los niños cumplían con sus tareas escolares y los mayores contaban cuentos y leyendas a los pequeños. En este ámbito se rezaban las oraciones familiares y se recordaba a los difuntos. Por todo ello la cocina, sukaldea, ha sido la dependencia más importante de la casa tradicional, la más cálida tanto en el sentido físico como en el espiritual.

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Moderna cocina de una casa de Getxo (Bizkaia). Izaskun Agirre.

Además hasta la introducción de la luz eléctrica, el fuego, no solo el del hogar, sino el producido por distintos medios: una mecha que arde en un candil de aceite o petróleo, una vela, el procedente del gas desprendido por el carburo, etc., era la única forma de alumbrarse una vez que el sol se retiraba. Por ello, el fuego y su luz nos ligan a través de incontables generaciones con tiempos remotamente lejanos. Desde esa perspectiva, su sustitución por la electricidad y los avances tecnológicos que ha conllevado desde hace menos de un siglo, parecerían abarcar tan solo un suspiro en el tiempo, de no ser por la intensidad que tales cambios están adquiriendo, que más bien se asemejan al tan temido vendaval.

(Extraído del tomo del Atlas Etnográfico de Vasconia dedicado a Casa y Familia.)

Luis Manuel Peña – Departamento de Etnografía – Labayru Fundazioa

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